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¿Cuál es la variable dependiente (VD) y la variable independiente (VI) de la afirmación?

La hora del día afecta el desempeño académico de las personas






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Calcule el valor de la siguiente expresión: 10 - [(4 * 3) - 6] / 2






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Comprensión lectora


La sabelotodo

La semana pasada vino a visitarme Juana, quien es dueña de un blog sobre noticias de actualidad muy famoso en toda Europa. Al parecer se había topado con el artículo que publiqué en un diario de la ciudad, en el cual señalo que escribo mis textos a lápiz. Ella me preguntó si eso era cierto o si solo exageraba. “Es la verdad”, le confesé.

Pude notar fácilmente la lástima que se asomó en su cara al enterarse de la realidad. “Siendo así —continuó Juana—, ¿de qué forma envías tus artículos al diario? Mandarlos escritos a lápiz no sería muy profesional de tu parte”. A continuación, le expliqué que dependía de la situación. En casos normales unos amigos que suelen ir a la ciudad me ayudan a transcribirlos. Y cuando no puedo recibir su apoyo, llamo directamente al editor del diario y le dicto lo que he escrito.

“¡Pero ¡qué anticuada eres!”, me reprochó Juana mientras meneaba su cabeza como gesto de desaprobación. “Pareciera que vivieras en el siglo XIX, cuando todo se hacía con máquina de escribir —agregó poco después—. Eres un ejemplo de los tiempos antiguos”. Admití como cierta su declaración, y luego añadí que no me llevo bien con la tecnología moderna. “¿Te refieres a Internet? ¿No te gusta?”, me preguntó, a lo cual yo respondí que se me hacía una herramienta complicada de manejar. “A ver —prosiguió—, ¿cuánto duras haciendo un artículo?”. Le contesté que depende de mí dominio sobre el tema, pero que normalmente alrededor de cuatro horas; y añadí que siempre lo reviso y corrijo al día siguiente, para pasarlo a limpio finalmente. “¡Lamentable! Yo hago un artículo para mi blog en apenas unos cuantos minutos”.

La mirada que Juana me dedicaba estaba llena de desprecio. “¡No puedo creer que seas así! En internet puedes averiguar cualquier cosa con un clic”, se quejó. Le dije que he sido mala con las cosas prácticas desde siempre. “Pero ¿qué pasa cuando debes hablar de China, por ejemplo?”. Respondí que en casos así me limitaba a comentar solamente lo que sabía y que, por suerte, tengo guardados muchos recortes de periódicos con datos e información sobre temas de mi agrado. “¿Acaso no sabes que internet es una fuente infinita de información? Con una simple consulta puedo hablar de lo que sea: política, economía, sociedad, cultura, deporte, etc. Y todo sin equivocarme, tal como tú en una noticia del año pasado”. Le pregunté a qué noticia se refería. “A menos que la memoria me falle —dijo, sonriendo irónicamente—, dijiste que El Quijote había sido la única novela de Miguel de Cervantes. Un error tan catastrófico jamás me ocurriría a mí, ya que siempre tengo los datos a la mano en internet. ¡Por eso mi blog brinda información cien por ciento confiable!”.

Avergonzada, bajé la cabeza. “Ciertamente, los temas que manejo son muy limitados”, admití. “¡Estás limitada porque tú misma lo permites! —me recriminó—. ¿Podría yo hablar sobre el problema entre Taiwán y China? ¡Claro que sí! Me bastaría con una lectura de media hora en algunos portales para tener toda la información necesaria”.

“También puedo informar a mis lectores de las guerras internas en Colombia —siguió—, o de cualquier otra cosa que se me ocurra. Gracias a internet puedo ser una experta en todas las temáticas conocidas”.

Juana estaba más orgullosa que nunca; podía verse en sus ojos y en su expresión facial. Seguidamente recorrió mi cuarto mientras miraba mis lápices, las hojas llenas con marcas de correcciones y el resto de los objetos que componían mi fiel equipo de trabajo. Todo lo observaba con desprecio y lástima.

“¿Te molesta si tomo una foto de todo esto? Es para una sección del blog en la que hablo de cosas anticuadas. De seguro que a mis lectores les servirá como guía para conocer los métodos de trabajo de los periodistas en siglos anteriores”. Asentí con la cabeza, tras lo cual Juana sacó su teléfono. Dejé que fotografiara cada cosa sin pronunciar ni una palabra. “Gente como yo casi no hay, ¿cierto?”, le pregunté. Ella me respondió que sí. Después se marchó, no sin antes darme una palmada en la espalda.

Una vez sola me senté en el sofá, y contemplé todo lo que estaba a mi alrededor. Recordé que había deseado hablar acerca del impacto que ocasionó la crisis económica que sufrió China en el año 1975. Por desgracia, no estaba al corriente de sus causas, así que acepté que no era una idea viable. Sentí entonces un poco de envidia hacia Juana, puesto que ella sí hubiera podido con aquel desafío. Aunque preferí sencillamente aceptar que no podía ser una especialista como ella, en lugar de lamentarme toda la vida.

La protagonista, al momento de referirse a sí misma, señala que ya casi no hay gente como ella. Según la propia lectura, la razón por la que lo dice es que…






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